En las últimas décadas se ha considerado que un niño era
inteligente cuando poseía un elevado CI, lo cual se justificaba por la relación
positiva hallada entre el CI de los alumnos y su rendimiento académico,
rebosante de notas brillantes.
No obstante esta cuestión no ha gozado de un consenso unánime y
la polémica sobre qué es la inteligencia y cómo medirla viene de lejos, ya en
diciembre de 1994 se publicó en la revista Wall Street Journal una declaración
de 25 puntos básicos sobre el estudio científico de la inteligencia, suscrita
por 52 científicos de distintos países, con objeto de corregir los equívocos
presentados en los medios de comunicación; en uno de los puntos leemos
“…un alto CI no garantiza el éxito en la vida y un bajo CI no garantiza
el fracaso..”
Como indica Fernández Berrocal, “…. con frecuencia
observamos que esa inteligencia académica no correlaciona positivamente
con éxito profesional. Los abogados que ganan más casos, los médicos más
prestigiosos y visitados…… no son necesariamente los más “inteligentes” de su
promoción…”.
En este sentido podríamos preguntarnos por quien es un referente
científico mundial de nuestro país, Santiago Ramón y Cajal, de quien
Miguel Dolç escribió en 1952:
“…El bachillerato de Santiago Felipe Ramón y Cajal es una lucha
incesante, permítaseme la expresión, contra las temidas calabazas; fue el
estudiante típicamente no estudioso, vago, díscolo, cargante, pesadilla de
padres, maestros y patronas. Y desde esta base tan dudosa e inestable ascendió
al pináculo de la gloria científica hasta arrebatar en 1906, a sus 54 años, el
Premio Nóbel de Medicina…”
O incluso cabría interesarse por las calificaciones que obtuvo
en el Colegio Rosalía Mera, por quien siento una gran admiración, que nace en A
Coruña en 1944 y comienza a trabajar de costurera en 1955. En 2013 es
considerada por la revista Forbes la mujer más rica de España.
Por otra parte, el CI de las personas que pretende ser una
medida de la inteligencia, tampoco contribuye a su equilibrio emocional ni a su
salud mental, sino que pudieran ser ciertas habilidades emocionales las que
favorecen el ajuste social y relacional.
En este contexto nos estaríamos refiriendo al concepto de
Inteligencia Emocional, definida por Mayer y Salovey como como la habilidad
para percibir, valorar y expresar las emociones adecuadamente y
adaptativamente; la habilidad para comprender las emociones; el uso de los
recursos emocionales; y la habilidad para regular las emociones en uno mismo y
en los demás. Fundamentalmente lo que argumentan estos autores es que el
estudio de la inteligencia humana que tradicionalmente se ha ocupado de los
aspectos cognitivos e intelectuales, debe resaltar la importancia del uso y gestión
de lo emocional y social.
La inteligencia emocional, como habilidad, no se puede entender
tampoco como un rasgo de personalidad, ni como una teoría más sobre cómo
funcionan las emociones, sino que es un desarrollo sobre cómo hacerlas
más rentables y que nos ayuden a adaptarnos.
Para la adecuada regulación emocional es imprescindible la
comprensión emocional, para lo cual es necesaria la percepción de las
emociones; no obstante la sóla existencia de una buena percepción no es
garantía de que se produzca la adecuada regulación y comprensión, personas con
buena percepción pueden carecer de habilidades para comprender y regular las
emociones.
Lo más importante en la adquisición de emociones inteligentes,
es que su aprendizaje depende de la práctica, el entrenamiento y su
perfeccionamiento. En su enseñanza cuenta poco la instrucción verbal. Ante una
reacción emocional desadaptativa de poco sirve el sermón o la amenaza verbal.
En un contexto global, para que todos fuésemos más felices,
sería importante que en todos los estamentos sociales el posible termómetro que
midiera la dosis de inteligencia emocional subiera unos cuantos grados.....
Santiago Ramón y Cajal
(Tomado de Centro Cultural Ramón y Cajal Valpalmas Zaragoza)
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